Elba Tesoriero
Integra el GPA desde su comienzo
El cuento a continuación es de su autoría
NO INNOVAR
Vamos con el Cabo Mario Bunge camino a la Laguna Verde, a sesenta kilómetros del pueblo. Mientras manejo pienso en el tosco dibujo que me dio Tila Juarez, la paranoica. (Así la llaman).
Hace más de un mes que la desaparición de Mirta Martínez de nueve años, tiene al pueblo de cabeza y a mí su comisario, en la picota. El comunicado que recibí de la Jefatura dice textualmente: “Si no encuentra a la chica, invente una pista que mantenga el suspenso en la opinión pública, de lo contrario será removido de su cargo”.
No creo la historia de sueños y pinturas infantiles de la paranoica pero por el momento, evita que me releven. El Cabo respeta mi mutismo, Nadie vio el dibujo quiero hacerle creer a la prensa que estoy detrás de un dato secreto brindado por un testigo.
A lo lejos se empiezan a ver las “Lomas de Tedrós”, detrás de ésas colinas está la Laguna Verde; mientras llegamos inventaré algo para mantener a la prensa interesada y al pueblo entretenido en discuciones.
El camino que rodea las lomas me llevó a la margen opuesta, paro el motor y bajo; Bunge hace el mismo ademán pero le digo con un gesto que me espere. Entre unos matorrales saco el dibujo del bolsillo y compruebo que coincide con el paisaje. Una loma es más oscura, de otro sedimento, idéntico al dibujo en el que hay además una niña pintada de forma infantil muy rara. El triángulo que forma la pollera es negro, igual que piernas y brazos, éstos terminan en cinco dedos rojos cortos, desproporcionados. Rojas también las líneas del torso y de la cabeza sin pelo. No tiene sentido. Doblo el papel y lo guardo otra vez en el bolsillo. Hice bien en no mostrarlo, me evitará el ridículo. Vuelvo al auto y le digo a Bunge que si quiere orinar aproveche ahora, (en este oficio lo primero que se asimila de los reos es la facilidad con que inventan). Retomo la marcha rodeando la laguna hasta divisar una casa de adobe, con una huerta al costado y unas cabras pastando. Bajo, me acerco, golpeo las manos aunque no hace falta, un hombre alertado por el ruido del motor viene a mi encuentro. Todo esto es inútil, lo hago solo por salvar mi puesto que es bastante cómodo. Me presento, él mira el auto con el escudo policial. Se toca la gorra y dice que es Ramón Medina, servidor.
—Vea Don Medina, necesito saber si por aquí hay algún camino para bajar a la laguna.
—Claro que lo hay; pero de a pie— Agrega en tono de cargada, mientras mira mi traje y mis zapatos, con una sonrisa pícara.
—En primavera voy con la mula a cortar berro para vender en el pueblo con las otras verduras— hace una pausa y sigue: —Vea comisario, tiene que agarrar el sendero que nace ahí nomás, atrás de los tamariscos y al caso, en unos quince minutos termine justo en la laguna a la altura de la piedra negra. Ésa tiene mucho hierro y lo lava en el agua; ahí crecen las mejores plantas. Me mira directo a los ojos para asegurarse que estoy atento y continúa:
—Disculpe que no lo acompañe pero estoy jodido de la ciática. A no ser por ésta pierna, vea, hasta me ofrecería para ir solo. Aunque desconozco el propósito. La última frase tiene un motivo, averiguar a qué voy. Agradezco y nos ponemos en marcha. Bunge se anima y me dice que él también está intrigado. Contesto que falta poco y tomo la delantera. Repaso mentalmente el dibujo de la muñeca de trazos rojos y negros, pelada, de manos contrahechas. Quiero inventar una historia para contar al volver pero el camino en bajada ocupa toda mi atención. Bunge tiene la frente mojada, le hago un gesto para que afloje su corbata, yo voy con el saco en la mano. A pesar de la inutilidad camino decidido, algo me empuja. Es un lugar desolado, silencioso. Flota una presencia no en la laguna, sino en el aire, que obliga a apurarse pese a la tierra suelta. A unos treinta metros está la loma oscura, sin vegetación, que se interna en el agua lentamente. No hay berro, sólo juncos, unos juncos tiesos que me llegan hasta la cintura. Avanzamos con dificultad, Bunge siempre atrás mío, sin hablar y sin saber más que “el deber de la subordinación”. Sigo el dibujo que grabé en mi memoria. Apenas sobrepaso el límite de la roca negra, la veo. A la intemperie, su cuerpo de niña mutilado, sin entrar en descomposición, con los pezones cortados al igual que las puntas de los dedos de las manos y el cabello quemado. Después de una exclamación, el cabo afirma:
—Esto no tiene ni dos días, lástima no haber llegado a tiempo.
Hago un gesto afirmativo mientras pienso. Si digo que seguí su dibujo perjudico mi carrera. Estaría bueno que soñara quién fue y por qué. Me facilitaría el trabajo.
Mientras me ocupo de las diligencias inventaré algo para que ella continúe siendo Tila, la paranoica y yo el Comisario.
Vamos con el Cabo Mario Bunge camino a la Laguna Verde, a sesenta kilómetros del pueblo. Mientras manejo pienso en el tosco dibujo que me dio Tila Juarez, la paranoica. (Así la llaman).
Hace más de un mes que la desaparición de Mirta Martínez de nueve años, tiene al pueblo de cabeza y a mí su comisario, en la picota. El comunicado que recibí de la Jefatura dice textualmente: “Si no encuentra a la chica, invente una pista que mantenga el suspenso en la opinión pública, de lo contrario será removido de su cargo”.
No creo la historia de sueños y pinturas infantiles de la paranoica pero por el momento, evita que me releven. El Cabo respeta mi mutismo, Nadie vio el dibujo quiero hacerle creer a la prensa que estoy detrás de un dato secreto brindado por un testigo.
A lo lejos se empiezan a ver las “Lomas de Tedrós”, detrás de ésas colinas está la Laguna Verde; mientras llegamos inventaré algo para mantener a la prensa interesada y al pueblo entretenido en discuciones.
El camino que rodea las lomas me llevó a la margen opuesta, paro el motor y bajo; Bunge hace el mismo ademán pero le digo con un gesto que me espere. Entre unos matorrales saco el dibujo del bolsillo y compruebo que coincide con el paisaje. Una loma es más oscura, de otro sedimento, idéntico al dibujo en el que hay además una niña pintada de forma infantil muy rara. El triángulo que forma la pollera es negro, igual que piernas y brazos, éstos terminan en cinco dedos rojos cortos, desproporcionados. Rojas también las líneas del torso y de la cabeza sin pelo. No tiene sentido. Doblo el papel y lo guardo otra vez en el bolsillo. Hice bien en no mostrarlo, me evitará el ridículo. Vuelvo al auto y le digo a Bunge que si quiere orinar aproveche ahora, (en este oficio lo primero que se asimila de los reos es la facilidad con que inventan). Retomo la marcha rodeando la laguna hasta divisar una casa de adobe, con una huerta al costado y unas cabras pastando. Bajo, me acerco, golpeo las manos aunque no hace falta, un hombre alertado por el ruido del motor viene a mi encuentro. Todo esto es inútil, lo hago solo por salvar mi puesto que es bastante cómodo. Me presento, él mira el auto con el escudo policial. Se toca la gorra y dice que es Ramón Medina, servidor.
—Vea Don Medina, necesito saber si por aquí hay algún camino para bajar a la laguna.
—Claro que lo hay; pero de a pie— Agrega en tono de cargada, mientras mira mi traje y mis zapatos, con una sonrisa pícara.
—En primavera voy con la mula a cortar berro para vender en el pueblo con las otras verduras— hace una pausa y sigue: —Vea comisario, tiene que agarrar el sendero que nace ahí nomás, atrás de los tamariscos y al caso, en unos quince minutos termine justo en la laguna a la altura de la piedra negra. Ésa tiene mucho hierro y lo lava en el agua; ahí crecen las mejores plantas. Me mira directo a los ojos para asegurarse que estoy atento y continúa:
—Disculpe que no lo acompañe pero estoy jodido de la ciática. A no ser por ésta pierna, vea, hasta me ofrecería para ir solo. Aunque desconozco el propósito. La última frase tiene un motivo, averiguar a qué voy. Agradezco y nos ponemos en marcha. Bunge se anima y me dice que él también está intrigado. Contesto que falta poco y tomo la delantera. Repaso mentalmente el dibujo de la muñeca de trazos rojos y negros, pelada, de manos contrahechas. Quiero inventar una historia para contar al volver pero el camino en bajada ocupa toda mi atención. Bunge tiene la frente mojada, le hago un gesto para que afloje su corbata, yo voy con el saco en la mano. A pesar de la inutilidad camino decidido, algo me empuja. Es un lugar desolado, silencioso. Flota una presencia no en la laguna, sino en el aire, que obliga a apurarse pese a la tierra suelta. A unos treinta metros está la loma oscura, sin vegetación, que se interna en el agua lentamente. No hay berro, sólo juncos, unos juncos tiesos que me llegan hasta la cintura. Avanzamos con dificultad, Bunge siempre atrás mío, sin hablar y sin saber más que “el deber de la subordinación”. Sigo el dibujo que grabé en mi memoria. Apenas sobrepaso el límite de la roca negra, la veo. A la intemperie, su cuerpo de niña mutilado, sin entrar en descomposición, con los pezones cortados al igual que las puntas de los dedos de las manos y el cabello quemado. Después de una exclamación, el cabo afirma:
—Esto no tiene ni dos días, lástima no haber llegado a tiempo.
Hago un gesto afirmativo mientras pienso. Si digo que seguí su dibujo perjudico mi carrera. Estaría bueno que soñara quién fue y por qué. Me facilitaría el trabajo.
Mientras me ocupo de las diligencias inventaré algo para que ella continúe siendo Tila, la paranoica y yo el Comisario.
©Elba Tesoriero, 2007

