viernes, noviembre 09, 2007







Deisi Marino
integrante del GPA.





La fuerza de los sentimientos

La espera se hace masa entre mis manos.
La gente va y viene con su equipaje, y yo, riéndome sola.
¿Es casual? ¡Qué emoción! Teníamos sólo 4 y 5 años. Éramos tan chiquitos...
El cielo hoy, tiene el mismo celeste aniñado de esa mañana, espero su llegada y recuerdo, como si pasara ahora. El sol, apenas asomaba por atrás de las casas, cuando apareció un nene y sin más dijo:
- ¿Vas a ser mi amiga? Levanté la vista unos cuantos centímetros, con una mano me hacía sombra en los ojos y con la otra, de los nervios, retorcía mi vestido floreado.
- Sí... pero ¿quién sos?
- De acá, ¿ves?, de ésta casa.
- ¿La casa de Tita?
- Sí. Tita, mi madrina. Vivo acá. Soy Matías. ¿y vos cómo te llamás?
Le brindé una tímida sonrisa, sin mostrar los dientes.
- Lucía.
Así empezó todo. Y ahora sólo faltan quince minutos para que lleguen. Algo hace que los caminos de algunas personas siempre se crucen. Hay quienes dicen que es Dios, otros, el inevitable destino, los que no creen en lo sobrenatural todo lo justifican con que es una mera coincidencia. Pero yo siento que sí hay más; un fuerte vínculo que ni la ciencia ni la razón pueden justificar.
Compartimos muchas cosas; un triciclo gigante, la valija de doctor, muñecas, soldaditos... una lista interminable de juegos, y hasta la mesa de pool de juguete que trajeron los Reyes.
Crecimos juntos, llegaron los asaltos con los chicos del barrio, con la pubertad habíamos cambiado la manera de vestirnos, las charlas, las travesuras y también las responsabilidades. Un día nos dejamos de ver, él regresó a su pueblo a trabajar y yo comencé la escuela secundaria.
Nunca lo olvidé, ni él a mí, es difícil de creer, no conozco su rostro de adulto, ni a su esposa, tampoco a su hija, pero son parte de mí, existe un hilo mágico que nunca se cortó, esto lo supe a partir de esa tarde, que va a quedar siempre como anécdota...
Fue un día opaco, de color nada, caminando por la avenida Independencia vi a un hombre, venía en sentido contrario, me resultaba conocido, pensé en Matías, pero ¿sería?, había pasado demasiado tiempo, podía también ser su hermano, era muy parecido; quise pararlo, pero ¿si no era?, no sabía que le iba a decir. Ambos avanzábamos. Yo no paraba de pensar, hasta que me vino a la cabeza lo que tantos me dicen, que mis rasgos no cambiaron, que tengo la misma cara de cuando era chica. Seguro me iba a reconocer, así que me quedé parada simulando hacer cualquier cosa. Pasó por delante de mí, me miró. No hizo el más mínimo gesto, siguió su camino. No era. Continué el mío y muy de adentro me brotó una carcajada. Sí sabía que estaba viviendo en Estados Unidos con su familia... ¿que iba a hacer en las calles de Mar del Plata?, de todas formas, decidí buscar datos, podía llamar a sus parientes, saber algo de su vida.
Al otro día busqué el álbum, miraba la foto en que estábamos tomados de la mano en la casa de mi nona, rodeados de juguetes ya destartalados dentro de un cajón de manzanas. En ese momento sonó el teléfono, era mamá, no llegué a contarle nada, dijo que quería darme una noticia; me iban a llamar desde Hawai, no sabía cuando, porque ellos tenían ocho horas menos que nosotros y le habían dicho a Tita que.... no paraba de hablar.... yo miraba la foto pequeña, cuadrada, luego miraba el auricular y volvía a escuchar, pero no emitía sonido, no podía responder, mi mandíbula no lograba hallar su postura natural.
Luego de cortar intenté ordenar la información. Ocho horas.
Era sábado a las 16 cuando casi saludo a un extraño.... ese mismo día a la noche Matías llama y le vuelve a pedir, como en cada oportunidad, mi número a su madrina, esta vez Tita le dice que lo encontró, y se lo pasa. Él agenda ese dato un domingo a las cero horas de Argentina.... sábado a las 16 en Hawai...
A los pocos días charlé por teléfono durante una hora con la mujer, a quien nunca había visto y cuando pude hablar con él ya no existió más reloj, ni distancia ni años perdidos, sólo nos ocupamos de comenzar con tantas cosas que debíamos contarnos y de revivir recuerdos.
Hoy hay un bebé que viene en camino y los hace volver a su tierra natal. Y acá estoy yo, esperándolos, a unos meses del reencuentro y a dieciocho años de no mirarnos a los ojos. Cuando cruce esta puerta pondremos el sello de no separarnos nunca más. Como cuando éramos chicos, como cuando decíamos
- ...sino, no soy más tu novio.
- Ni yo tu novia...
y los deditos índices entrecruzados que se empezaban a deslizar, se iban separando, de a poco, las miradas amenazantes, todo se terminaba y ya estaban en la puntita, en la uña, mirábamos los dedos, nos mirábamos a la cara... hasta que uno decía “bueno, esta bien” y nos fundíamos en un tierno abrazo, tan puro e inocente como sólo en la infancia se da.
© Deisi Marino, 2007.