C O N C I E R T O
Conozco y amo la música desde el vientre de mi madre. Ella me contó que cada vez que tenía tiempo, escuchaba bellas melodías, mientras yo crecía en su interior.
Dormí acunado con villancicos y canciones que se repetían desde las cajitas musicales que poblaron mi infancia.
En el jardín de infantes me destaqué entonando a la perfección. A los siete años reconocía orquestas y cantores en los primeros acordes. A los diez sólo escuchaba clásicos. Era tal mi avidez, que arrastraba a la familia y amigos a conciertos, donde no podía asistir solo. Aprendí a tocar varios instrumentos sin ayuda y a los dieciséis compuse mi primera sinfonía.
Alejado del mundo, capto los temas de la naturaleza. En la obra “Concierto al agua” logré que las notas se asemejaran a cascadas formando olas de espuma corriendo sobre la pradera, hasta llegar al mar. En “Concierto al viento” los arpegios se transformaron en brisas y ráfagas. Vientos cortados por aspas de molinos. Lamentos atravesando edificios.
Mi música triunfa en el mundo y la interpretan famosas orquestas, pero yo sigo siendo un desconocido. Compongo día y noche. Escapo de todo lo que me roba tiempo. Comer, dormir, descansar son verbos inútiles.
Para mi próximo “Concierto a la Soledad” necesito silencio. El pueblo entero lo entiende y como siempre, se pliega a mi trabajo acallando sus voces, seducido por el arte, se disputa el privilegio de ayudar evitando lo que pueda distraerme.
Poco a poco transformaron sus hogares en acústicos y en los sitios de uso común piden, con grandes letreros, que se guarde silencio. Compenetrados en mis necesidades olvidan las propias.
Mientras tanto yo busco captar la melodía del rocío cuando se apoya en las hojas, la de la luna apareciendo y el silencio que inunda el espacio al fugar el sol. Quiero copiar el arpegio de las estrellas quebrando las hondas de la atmósfera.
Día tras día voy al campo ocultándome de todos y acostado sobre los pastos cierro los ojos para oír. Cuando creo que lo he logrado, el ladrido de un perro, el mugir de una vaca, el trino de un pájaro, mi propia respiración o el latido apresurado del corazón, me interrumpe y vuelvo con los pentagramas vacíos. EL pueblo se siente responsable y agudiza sus estrategias para no molestarme
Anoche no regresé y salieron a buscarme Pienso que hallaron mis hojas esparcidas por el viento. Oigo sus voces. Aterido, no puedo moverme, el dolor en el pecho me ahoga, me invade el silencio y se que he encontrado lo que buscaba.
© Victoria Ruiz Salado; 2007.
Conozco y amo la música desde el vientre de mi madre. Ella me contó que cada vez que tenía tiempo, escuchaba bellas melodías, mientras yo crecía en su interior.
Dormí acunado con villancicos y canciones que se repetían desde las cajitas musicales que poblaron mi infancia.
En el jardín de infantes me destaqué entonando a la perfección. A los siete años reconocía orquestas y cantores en los primeros acordes. A los diez sólo escuchaba clásicos. Era tal mi avidez, que arrastraba a la familia y amigos a conciertos, donde no podía asistir solo. Aprendí a tocar varios instrumentos sin ayuda y a los dieciséis compuse mi primera sinfonía.
Alejado del mundo, capto los temas de la naturaleza. En la obra “Concierto al agua” logré que las notas se asemejaran a cascadas formando olas de espuma corriendo sobre la pradera, hasta llegar al mar. En “Concierto al viento” los arpegios se transformaron en brisas y ráfagas. Vientos cortados por aspas de molinos. Lamentos atravesando edificios.
Mi música triunfa en el mundo y la interpretan famosas orquestas, pero yo sigo siendo un desconocido. Compongo día y noche. Escapo de todo lo que me roba tiempo. Comer, dormir, descansar son verbos inútiles.
Para mi próximo “Concierto a la Soledad” necesito silencio. El pueblo entero lo entiende y como siempre, se pliega a mi trabajo acallando sus voces, seducido por el arte, se disputa el privilegio de ayudar evitando lo que pueda distraerme.
Poco a poco transformaron sus hogares en acústicos y en los sitios de uso común piden, con grandes letreros, que se guarde silencio. Compenetrados en mis necesidades olvidan las propias.
Mientras tanto yo busco captar la melodía del rocío cuando se apoya en las hojas, la de la luna apareciendo y el silencio que inunda el espacio al fugar el sol. Quiero copiar el arpegio de las estrellas quebrando las hondas de la atmósfera.
Día tras día voy al campo ocultándome de todos y acostado sobre los pastos cierro los ojos para oír. Cuando creo que lo he logrado, el ladrido de un perro, el mugir de una vaca, el trino de un pájaro, mi propia respiración o el latido apresurado del corazón, me interrumpe y vuelvo con los pentagramas vacíos. EL pueblo se siente responsable y agudiza sus estrategias para no molestarme
Anoche no regresé y salieron a buscarme Pienso que hallaron mis hojas esparcidas por el viento. Oigo sus voces. Aterido, no puedo moverme, el dolor en el pecho me ahoga, me invade el silencio y se que he encontrado lo que buscaba.
© Victoria Ruiz Salado; 2007.

